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jueves, marzo 23

La entrada de un bar

Dentro de la calle oscura la lluvia reflejaba las luces de las lámparas. Un destello amarillo y fiusha.

Mis zapatos de tela se humedecieron al ser salpicados por mis pasos. Pasé por varios comercios hasta toparme con aquél aroma seductor: El aliento de borracho y el humo de cigarro que emanaba la entrada de un bar.

Me detuve para mirar primero de reojo. En seguida volteé a todos lados para fijarme si alguien me miraba. De un paso a otro me entrometí en el aura.

Las paredes tenían un papel tapíz aterciopelado de color burdeos. Había mesas redondas de madera con sus respecivos bancos. Algunas ocupadas.

Me dirijí al baño y al salir, entre la confianza del rincón, comencé a mirar a un aparente publico. Había un pequeño escenario preparándose para ser abordado.

Tomé asiento y el camarero tomó mi orden: una caguama de cerveza oscura.

Entre las mesas distinguía una peluca rizada verde envuelta en una tela azul marina. Al principio difuso, luego tomó forma de hombre dormido en la mesa. El camarero lo despertó y le extendió el micrófono.

Ahora ese hombre toma forma de payaso. Y aún ahogado en tragos, lo tomó y se levantó con buen equilibrio.

-¡Nocheeees!- Exclama el payaso mientras sube al nivel del escenario.

Nadie aplaude, nadie voltea.

-Hoy... Hoy les tengo algo distinto. Algo que los entretenga además de emborracharlos - Habla con voz seductora - Con ustedes... ¡María Helechos!

 

Y una joven de cabello negro y largo sale con su guitarra y un vestido azul marino.

Toma asiento en un banco de mandera, ajusta su micrófono y sonríe al vacío. Sus labios rojos saludaron, hizo silencio y sus dedos comenzaron a moverse armónicamente sobre las cuerdas de su guitarra.

La voz salía y hablaba de su abuela fallecida. De cómo es que la veía en su ataud y soltaba toda la tristeza.

Esa tristesa me sedujo. No era la única, al payaso también le pasaba. Retomó su asiento y dejó salir un suspiro de cansancio, luego otro de inspiración. Los ojos del hombre se posaban en la voz de la chica. Tan enamorado, que, debajo del disfráz, el hombre se sentía hombre y que conmovido, tomaba de su bolsillo una licorera plateada, sorbía y cerraba los ojos. Complacido.